El Hombre Viejo iba caminando despacio por la calle, con la Cruz al hombro, esperando poder descansar. A su alrededor, todo los miraban: mujeres llorosas y sonrientes, niños con helados y dulces, hombres con cerveza y camisas con su imagen en una celebración que se le antojó algo horrible. ¿Cómo era posible que disfrutaran con su sufrimiento? Miró por un segundo sus pies, hinchados y sangrantes, llenos de ampollas por el calor y sintió un calambre en sus hombros, pero no podía detenerse; la Cruz era muy pesada para él y nadie se acercaba a ayudarle. La gente le chiflaba y gritaba palabras de apoyo, pero con un dejo burlón y una sonrisa oculta entre labios. Al Hombre Viejo le repugnó. La calle era amplia y la multitud había hecho un sendero para él, una línea que no podía dejar de seguir hasta el último minuto. Bajo el sol del mediodía, el...
10. - 36 horas. "36 horas desde la última transmisión". La voz ligeramente femenina de la computadora no dejaba de golpearme los oídos, junto con un pitido agudo que duraba dos segundos. Luego venían dos segundos de silencio y continuaba el pitido. Y así durante las últimas 12 horas. Frente a mí, tenía el eterno silencio del espacio. ¿Cómo había llegado ahí? Apenas y podía recordarlo. Sólo recuerdo que desperté en la cápsula de escape, con raciones para por lo menos un par de semanas, dos tanques de oxígeno artificial y moviéndome en curso a la estación de emergencia más cercana, queposiblemente estaba a cientos o a miles de kilómetros desde mi posición. Las primeras horas fueron dolorosas: la cabeza no dejaba de dolerme, tenía un regusto a metal en la boca y estoy seguro de que aquella mancha amarillenta en el piso de la cápsula eravómito. ...
Ese lunes, escuché la alarma y me levanté casi de un salto. Hoy tocaba formarse. Salí de mi casa temprano por la mañana y caminé dos calles hasta el punto de control. Saludé con desgana a “Jhovany” y a “Brayan”, los guardias en turno, y me formé junto con los demás, cerca del camión de provisiones. Ese día, me tocaba una bolsa de arroz, una de frijoles y dos latas de verduras en conserva. El aire era frío y el cielo era de un azul sucio y deslavado. No había nubes. Antes de llegar a la fila, dos señoras comenzaron a gritar y a golpearse: gritaban que necesitaban más para sus hijos y su familia, pero dos chicos con pistola las alejaron y gritaron que “si seguían chingando, no les va a tocar nada, pinches viejas locas”. Las señoras se calmaron y tomaron su parte con furia en los ojos. Al llegar al frente, saludé a Carlos, un vecino que se había enlistado con el Cartel. -Hola, Juanito, ¿cómo está tu mamá? -Bien, Don Carlos- dije- ya sabe. -Sí, ...
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